La primera
La primera noche que pasé junto a
ella fue como si no hubiera vivido con anterioridad. Recuerdo aquél olor a
salitre enfundándose en las sábanas. Aquellos rostros cargados de adolescencia,
la risa desvencijada de quién tiene preocupaciones mundanas y una madrugada por
delante.
Fue la primera vez que dormía con
una chica, bueno quizás con una que no fuera familia, ya me entendéis.
Era verano, y, pese al calor y
mis 15 años cargados de entusiasmo y vigorosidad, ahí estaba yo, temblando,
junto a ella, besando esos labios salados, jóvenes, y acariciando un cuerpo a
medio hacer.
Nos quisimos hasta el extremo,
con la inocencia de unos niños perdidos, que se encontraban al fin, después de
tanto. Recuerdo su espalda, suave, como
se erizaba mientras las yemas de mis dedos dibujaban corazones sobre sus
surcos.
Ella, con su sonrisa, me
susurraba felicidad, magia, y me hechizaba cuando sus ojos miraban dentro de mi
ser.
Desabrochamos nuestros cuerpos y
exploramos las sensaciones del amor más puro e infinito, lástima que nos
diéramos cuenta tarde.
Fue esa noche, la primera noche.
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